21 Nov
Visperas y octavas de la peor tragedia
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Read 554 times | Like this? Tweet it to your followers! Published in Historia Last modified on Miércoles, 23 de Noviembre de 2011 18:05
 
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VISPERAS Y OCTAVAS DE LA PEOR TRAGEDIA


El día 17 de julio de 1936, un movimiento inspirado por militares descontentos con la gestión del Gobierno de la República, se alzó contra el orden constitucional desde el protectorado de Marruecos. El 18, la rebelión prendió en ciertos territorios y fracasó en otros dejando el país dividido en dos mitades. Los asesinatos de Castillo y Calvo Sotelo fueron el detonante.

 

 

Si bien existe una corriente entre ciertos historiadores que determina el inicio de la Guerra Civil
en el año 1934, lo cierto es que no fue hasta el día 18 de julio de 1936 cuando se produjo la rebelión
militar que desembocó en una guerra civil desencadenada en las horas sucesivas. Ni siquiera
es este día el primero en el que asomó la asonada, porque veinticuatro horas antes la rebelión
había plantado su semilla en el protectorado de Marruecos, y un grupo de generales de
diferente condición e ideología pero razonablemente unidos por una percepción común, se involucraron
en un golpe de Estado contra el Gobierno de la II República con ánimo de derrocarla.
Los sucesos de Asturias fueron radicalizando cada vez más la situación y produciendo
constantes enfrentamientos en una España empobrecida
y olvidada que trataba de gobernar una crisis económica y social sin freno que no
solo afectaba al campo sino que había engullido también a la población en las grandes ciudades.

también fueron a esa llamada muchachos obreros procedentes de organización católicas, estudiantes
airados, intelectuales deseosos de un cambio, y muchas otras incorporaciones de diferente extracción.


Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República e ilustre personaje liberal, sensato y católico al
que los diarios apodaban habitualmente “el botas” sabía muy bien que aquel chaval de ojos
profundos y peinado a la gomina le ponía las cosas muy difíciles hasta que un día mandó detenerle
y llevárselo a prevención. Primero para que no se la liara más de lo que ya se la había
liado. Y segundo, para que no le pegaran un tiro y se encontrara con el parte del hallazgo de su cadáver
sobre la mesa del despacho. Sin embargo fue el Frente Popular el que finalmente declaró
la Falange fuera de la ley y encarceló a su jefe.


Primero, en Madrid, aunque el 5 de junio de 1936, el preso fue trasladado a la de Alicante
donde moriría fusilado.
A la hora de buscar referencias puntuales de la tragedia que se estaba preparando en el país y
que terminó en una guerra atroz que duró tres años, dos fechas sobresalen sobre el resto. El día
12 de julio de aquel año 1936, el teniente del cuerpo de la Guardia de Asalto, José Castillo y
Sáez de Tejada, paseaba con su esposa antes de incorporarse a su puesto en el cuartel de la calle
de Pontejos. Castillo, militar andaluz adscrito al cuerpo de seguridad pública gubernativa, había
estado aquella tarde en los toros y alguno de sus amigos le advirtió de que los pistoleros de la derecha
le estaban buscando. A las diez de la noche de aquel día 13, a la altura de la ermita del Humilladero
en la esquina de las calles Atocha y Aberto Figueroa, tres jóvenes cuya filiación ni siquiera
hoy está completamente clara le acribillaron a tiros delante de su mujer. Un periodista que
pasaba por el lugar trató de socorrerle pero todos sus intentos de reanimar al herido fueron
inútiles y Castillo ingresó cadáver en la cercana casa de socorro.

 

ASESINATOS EN AMBOS BANDOS

Desgraciadamente, los compañeros del fallecido deciden tomarse la justicia por su mano y esa
misma noche y montados en la camioneta número 17 del cuerpo de la Guardia de Asalto,
media docena de vengadores se lanzan por las calles de Madrid dispuestos a tomar un rehén y
matarle a tiros. La partida la mandaba un capitán de la Guardia Civil nacido en el barrio vigués de
Lavadores llamado Fernando Condés Montenegro, íntimo amigo del fallecido, al que se unen jóvenes
iracundos del PSOE, casi todos pertenecientes a la guardia personal de Indalecio
Prieto a la que llaman “la Motorizada”. Fueron a buscar a Gil Robles pero como no dieron con él,
se personaron en el domicilio de Calvo Sotelo.


Como el segundo de abordo en la descubierta era Luis Cuenca, nacido en A Coruña, el primer
ministro entonces era Santiago Casares Quiroga que también era coruñés, y el propio Calvo Sotelo,
que había nacido en Tui en 1893, aquella horrorosa cita pareció pura cosa de gallegos.
Calvo Sotelo accedió a acompañarles al cuartelillo, aunque no había ni orden, ni cédula de detención,
y él era aforado como parlamentario en Cortes. Una vez dentro de la camioneta, el pistolero
Cuenca accionó el gatillo y le mató por la espalda.
Su cadáver fue abandonado junto a las tapias interiores del cementerio del Este.

Unos días antes de este trágico y capital suceso, el diputado Calvo Sotelo había mantenido un
duro enfrentamiento en Cortes con el propio ministro de la Guerra y presidente del Gobierno, el
abogado coruñés Santiago Casares Quiroga. A la agria disputa en la que Calvo Sotelo acusaba a
Casares de fomentar el desgobierno y no detener el paso de unas hordas que nos llevarían a la
ruina, puso colofón inusitado aunque la frase no está al parecer reflejada en el diario de sesiones,
la parlamentaria comunista Dolores Ibarruri, conocida por Pasionaria quien comentó en voz alta,
“este hombre ha hablado por última vez”. Ella siempre ha negado que pronunciara esas palabras
pero hay muchos testimonios que dictan lo contrario. Sea como fuere, el ex ministro y diputado
por Ourense representando a Renovación Española, y en una situación radicalizada, con un
Gobierno en cuya composición el PSOE de Largo Caballero se había negado reiteradamente a participar,
tenía muchas papeletas para convertirse en víctima.


La muerte de Calvo Sotelo precipitó la operación e incitó a su principal avalista, Emilio Mola, a adelantar
el calendario del Golpe mientras el africanista Francisco Franco decidía finalmente, e
inspirado por la crudeza de este asesinato, sumarse a la revuelta.


Cuando el día 3 de julio “el Director” Mola da el visto bueno a la operación y Juan March le entrega
al propietario de “ABC”, Juan Ignacio Luca de Tena, un cheque en blanco para que financie
la operación, Franco aún no era definitivamente de la partida. Incluso el día 12, el general gallego
envió un telegrama cifrado a Mola advirtiendo que no deseaba participar,

a lo que Mola comentó moviendo la cabeza:

“Con Franquito o sin Franquito, esto va adelante”.

Unas horas después, y enterado de la muerte de Calvo Sotelo,

el ferrolano se replanteó la situación y se unió a la operación y saltó

de Canarias a Marruecos a lomos de un bimotor anfibio llamado “Dragon Rapid”.

El general mandó a su mujer y a su hija rumbo a Francia mientras él tomaba el mando
del ejército sublevado en Melilla donde el 17 de julio se inició en verdad el pronunciamiento.
La opinión de los estudiosos del tema a mayor parte de los cuáles han sido paradójicamente británicos,
desde Preston a Thomas o Payne- insisten en que en realidad el golpe fue un fracaso y
los cálculos de los militares rebeldes fallaron por completo. Una gran parte de la cúpula militar del
país se mantuvo fiel al Gobierno legal y entre la clase política, las instituciones y los agentes sociales
ocurrió prácticamente lo mismo especialmente en Madrid donde la asonada fracasó con
todo el equipo. El país se dividió longitudinalmente, y mientras el centro y una buena parte
del norte de España -excepto Madrid, el País Vasco y Cataluña- respaldaban el movimiento, Extremadura,
La Mancha, Andalucía y Levante guardaban fidelidad al orden constituido. Galicia, por
tanto, se decantó inmediatamente por el bando rebelde y Vigo apenas plantó cara a la revuelta,
unas horas y mucha sangre.


EL VIGO DEL 18 DE JULIO

Los cálculos históricos dicen que en Vigo había menos de cuatrocientos soldados en una ciudad
gobernada por el Frente Popular con el socialista Emilio Martínez Garrido al frente de una corporación
formada por los también miembros del PSOE, Waldo Gil Santostegui, José Caldas Iglesias
y Ramón González Brunet, y los concejales de Izquierda Republicana, Ignacio Blein Budiño y Antonio
Carballo Vázquez. Desde que el día 13 de aquel mes de julio, Castillo y Calvo Sotelo habían
sido asesinados, la ciudad de Vigo estaba en ebullición, las autoridades civiles de la zona trataban
de sujetar los conflictos de orden público cada vez más frecuentes -ya incluso cuatro meses
antes, el asalto al local de Falange llevado a cabo por anarquistas se había saldado con un muerto
por cada bando- de modo que el sindicato de taxistas recorría la ciudad vigilando el orden público
a la espera de los acontecimientos. Unos días antes del levantamiento llegó a la ciudad Hecodilla
que se había hecho cargo del mando falangista en ausencia del líder José Antonio, y había
mantenido una reunión con el ayudante del comandante militar de la plaza, el coronel Felipe
Sánchez. Hedilla, según reseñan los diarios, nombró su representante en la ciudad y abandonó la
plaza esa misma noche en la que los diarios comenzaban a recibir noticias contradictorias de los
hechos que se estaban produciendo en Melilla.


Unas horas después, entraría en el puerto de Vigo el acorazado “Jaime I” procedente de Ferrol
donde había tenido lugar el acto de nombramiento de su nuevo comandante el capitán de
navío Joaquín García del Valle que se hizo a la mar rumbo a Vigo el mismo día 17 en que se levantaba
el ejército colonial con Franco a la cabeza.

El buque entró en el puerto vigués el 19, el mismo día en el que tres socialistas de mucho
peso específico en la ciudad, el alcalde Martínez Garrido, Heraclio Botana y Pepe Antela, trataban
de imponer el orden y frenar las apetencias de los sectores más radicales que pedían armas y salían
a la calle a arengar a la población a constituirse en defensa civil ante un posible ataque de
los militares que en Vigo tenían destino.

La constatación de que los mandos militares de la ciudad estaban con la rebeldía no llegó hasta
el día 20 coincidiendo con la partida del “Jaime I” rumbo a Cádiz sin haber embarcado todo el
carbón necesario. El barco -que algunos vigueses sospechaban se había marchado de mentira y estaba
parapetado tras las Cíes para bombardear la ciudad en cuanto triunfara el pronunciamiento
no llegó a Cádiz. Su tripulación se amotinó en el mar, mató a los oficiales y tomó el
barco que varió su rumbo para dirigirse a Málaga.


En esas primeras horas de un día dramático, Felipe Sánchez ordenó a su segundo oficial, el capitán
Antonio Carreró Vergés, que declara el estado de Guerra y Carreró lo hizo con la mayor
diligencia. Puso piquetes militares en lugares estratégicos, y leyó, amparado por un destacamento
de Infantería, su famoso bando en Porta do Sol. Un joven llamado Lence de apellido trató
de arrebatárselo y el militar o su ayudante le mató de un tiro o un sablazo. Después, entre escenas
de pánico y desconcierto, la tropa abrió fuego. Algunas fuentes dicen que en Carral y
Porta do Sol quedaron tendidos quince muertos.


Vigo ya no volvió ser republicana y Martínez Garrido fue fusilado.

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