SERAFÍN AVENDAÑO
LUIS OTERO
Son dos personajes a caballo entre el siglo XIX y el XX. Cada uno, en sus diferentes actividades llevaron el nombre de Vigo consigo en su trayectoria profesional, dejando su huella en esta ciudad.
SERAFÍN AVENDAÑO: EL VIGUÉS QUE REINÓ EN ITALIA
Serafín Avendaño Martínez (Vigo, 1838-Valladolid, 1916) es, sin duda, el mejor pintor que ha dado la ciudad de Vigo en la que nació y se crió, en el seno de una familia acomodada, hasta partir para Madrid y cursar sus estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tras una primera estancia en Italia becado en Roma, que le aproximó a los clásicos, decidió residir en aquel país y los hizo durante un largo periodo de casi treinta años en los que se convirtió en uno de los artistas más queridos y admirados hasta el punto de que su obra está más en Italia que entre nosotros. Paisajista y enamorado del color, fue uno de los puntales del pre realismo que ofrecería talentos como Sorolla. Varias de sus telas pertenecen al Patrimonio del Museo del Prado.
Serafín Avendaño es uno de esos pintores decimonónicos capaz de obtener un notable reconocimiento en vida y un curioso silencio después de su muerte ocurra en Valladolid donde fue a dar después de una existencia itinerante y pródiga en viajes y desplazamientos en un tiempo en el que viajar no era una actividad muy extendida, ni era cómoda, ni tampoco era segura. Avendaño, es sin embargo y a pesar de un parcial olvido que le acompaña casi un siglo después de su muerte, uno de los grandes pintores nacidos en Galicia y sin duda, el mejor de todos los que han nacido en Vigo porque, a pesar de que muchos no le recuerden y algunos autores sitúen su lugar de nacimiento en Pontevedra, el artista –al que se le conoce y se le recuerda y admira más en Italia que en su propio país- nació en Vigo en 1838 en el seno de una familia pudiente y acomodada, una condición que le permitió llevar a cabo actividades que otros no pudieron ni soñar. Gracias a este estatus confortable y seguro, Avendaño viajó incansablemente, estuvo en los Estados Unidos, conoció Bélgica, Holanda y el Reino Unido, estudió en Italia y alcanzó una formación académica muy importante, una condición que le permitió asomarse a los clásicos, estudiar los pinceles del Renacimiento en sus propios ámbitos e impregnar sus telas de un academicismo trufado, sin embargo y paradójicamente, de una perceptible y nunca abandonada crítica social.
Serafín Avendaño Martínez, vivió poca juventud en su Vigo natal pero tuvo tiempo durante su adolescencia de entender el notable desequilibrio social que se producía en Galicia. El Vigo en el que nació –su familia era propietaria de la finca Bellavista en el inicio de la barriada de Teis en la que el artista pintó mucho- era un villorrio amurallado y oscuro poblado de pescadores con un puerto aún en el inicio de su desarrollo al que los muros que rodeaban su contorno no le permitían apenas respirar y mucho menos, expandirse. Por aquellos años de la regencia de la cuarta y última esposa de Fernando VI, la reina María Cristina de Borbón, y antes de que la niña Isabel II fuera elevada al trono, Vigo apenas vivía de otra cosa que del comercio de la sal, la pesca y los negocios organizados en derredor del mar. George Borrow, el vendedor de Biblias inglés que lo visitó durante su largo y angosto peregrinar por Galicia y Asturias, cuenta en su libro de memorias como era el Vigo en el que nació Avendaño y cómo fue objeto de robo y agresiones en una ciudad de la que el famoso Jorgito el inglés como fue llamado, reniega y con razón. Expoliado y tundido, acabó injustamente con sus huesos en la cárcel y allí pasó una noche y pico de calabozo sin comerlo ni beberlo.
El joven Avendaño, sin embargo, duró en su ciudad natal poco. Lo suficiente, sin embargo, para que la visión de su pueblo y de sus gentes, pescadores, arrieros, aldeanos y marinería de muchas partes del planeta, perdurara en su retina de niño favorecido por la situación y no sujeto a la dura existencia que observaba en su derredor. Siendo muy joven y en virtud de sus excelentes condiciones para el dibujo, su familia le mandó a Madrid a que estudiara pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y recibió clases de dos grandes maestros del prerromanticismo plástico español, como Antonio Esquivel y de otro gallego universal y ya reconocido y admirado como el ferrolano Jenaro Pérez Villaamail, uno de los mejores pintores decimonónicos españoles en una generación de artistas de los pinceles capaz de impresionar en Europa entera.
Avendaño es de una generación puente entre los grandes maestros románticos como los dos citados o Leonardo Alenza, los Rosales, Antonio Gispert, Pradilla o Palmaroli y lo que llegaría después, el inicio de un pujante naturalismo que se adentró en el mundo real y cotidiano y que jugó con las luces y las sombras con la endiablada genialidad de Joaquín Sorolla. El vigués, cada vez más maduro como artista y en su condición de joven prometedor y con un porvenir brillante que se había iniciado para la crítica con la obtención en 1858 de su primera medalla de plata en un certamen como el que le otorgaron en su Galicia natal por una acuarela titulada “A miña tristura”, inicia una carrera que se proyecta al exterior y se nutre de las experiencias que adquiere en sus continuos viajes. Con algo más de veinte años y gracias a las posibilidades que le otorgó su pertenencia a una familia acomodada, pudo viajar a los Estados Unidos, contemplar las cataratas del Niágara y pintarlas. Visitó Francia y Bélgica, pasó por Holanda y terminó alcanzando una beca en Italia, la primera situación que le aproximo a aquel que se convertiría en su país de adopción. Avendaño inicio su andadura italiana como becado en Roma y, tras obtener la tercera medalla en la Exposición de Bellas Artes de 1864 en Madrid y recibir otros galardones en certámenes de gran proyección, el pintor, a punto de cumplir los cuarenta años, ya maduro, experimentado y pasado en su concepción del arte, volvió a Italia para residir en ella durante y largo y fructífero periodo. Paisajista espléndido, retratista del alma humana, dueño de una paleta de cromatismo infinito, dulce y enérgico, tradicional y avanzado, Avendaño conmovió Italia, se convirtió en un personaje especial, fue amigo querido por Verdi, compartió con el compositor tardes y noches inolvidables en la finca que el músico poseía y que llamó “La Traviata” y fue llamado por la Corona Belga para contratar sus servicios como pintor distinguido y recompensado.
Avendaño vivió años felices en Italia y no volvió a su patria hasta finales del siglo XIX. Lo hizo para obtener de nuevo una tercera medalla en el la Exposición nacional de Bellas Artes en 1992 y una de plata en el 99, pero las incursiones por territorio español era fugaces y sólo se fueron concretando ya pasado el cabo del siglo cuando regresó definitivamente para avecindarse en Valladolid hasta la fecha de su muerte ocurrida en plan I Guerra Mundial. El pintor gallego residió en la ciudad castellana desde 1911 hasta 1916 en que falleció tras pintar mucho y muy bueno, pertenecer a multitud de jurados de arte, ofrecer conferencias y expresar su magisterio a las nuevas generaciones de artistas plásticos que le tuvieron por luz y guía. Algunas veces volvió a Vigo, a la vieja casa familiar de Teis, pero sus restos descansan lejos del lugar en el que nació y en el que no obtuvo el reconocimiento en la memoria de sus conciudadanos que su arte hubiera merecido. Vigo le ha dedicado una calle que se inicia en García Barbón y finaliza en Areal y conserva algunas de sus obras como patrimonio del Museo Municipal de Cástrelos en el Pazo Quiñones de León. Una gran parte de su obra permanece en Italia pero en el Museo del Prado puede asistirse a una de sus telas más características, “Una procesión en un pueblo”. El cuadro “Una fuente de Galicia” que fue distinguido en la Exposición de 1899 también forma parte del mismo patrimonio.
LUIS OTERO: PRIMER CÉLTICO QUE VISITÓ LA ROJA
Luis Otero Sánchez (Pontevedra, 1893- A Coruña, 1955) fue el primer internacional de la historia del Real Club Celta de Vigo y también el primer gallego que vistió la Roja en toda su historia.. Lo hizo por dos veces en los Juegos Olímpicos de Amberes en los que España debutó en el panorama internacional y lo hizo con gran éxito porque conquistó la medalla de plata en la modalidad de fútbol, primer metal olímpico en toda nuestra larga trayectoria. Pontevedrés de nacimiento, llegó a Vigo con apenas 18 años para jugar en el Vigo Sporting y se convirtió en jugador cético tras la fusión con el Fortuna. Duro como el pedernal, rápido y nervioso, Luis Otero fue un buen zaguero que le guardó las espaldas con la elástica roja nada menos que a Don Ricardo Zamora, con el tiempo entrenador célticos.
Aquel histórico 28 de agosto de 1920, Luis Otero Sánchez Encinas tenía 26 años, el cabello rubio y ralo, el gesto prieto y los músculos tensos. La Selección española de fútbol de la que formaba parte saltaba por primera vez a un terreno de juego de modo oficial y aquel chaval de Pontevedra que con apenas quince años ya formaba en el Sporting de su ciudad natal, se había convertido en defensa titular de la Roja tras despuntar en su equipo el Celta de Vigo. Luis Otero duro, rápido y sufrido era el eje de aquella zaga histórica que saltó al campo durante los Juegos Olímpicos de Amberes en los que el combinado nacional comenzó a escribir su larga y cada vez más fecunda historia. El zaguero, a cuya espalda estaba la serena a impresionante figura de Ricardo Zamora, una montaña coronada por una gorra visera de paño catalán, era el primer internacional que Galicia ofrecía a una modalidad deportiva en la que España daba sus primeros pasos en el concierto internacional tratando de equipararse con combinados con mayor experiencia que venían practicando desde los años finales del siglo anterior. Fue, para los amantes de las estadísticas el primer internacional nacido en Galicia y el primer jugador del Real Club Celta de Vigo que vestía la histórica zamarra roja. Aquel día España se enfrentó a Dinamarca y comenzó su largo viaje con buen pie. Un golazo de Patricio marcado en el estadio de La Butte nos otorgó el pase a la siguiente ronda. Luis jugó también el segundo encuentro en el que España cayó derrotada ante Bélgica por 3-1. Aunque los españoles siguieron jugando para la medalla de plata que al final obtuvo en un épico encuentro contra los holandeses, el gallego ya no salió en el once titular. Con Luis Otero, la expedición española que se estrenó vistiendo camisola roja, pantalón blanco y medias negras, la expedición española a aquella histórica primera comparecencia estaba formada por Zamora, Perico Vallana, Arrate, Artola, Sancho, Equiazabal, Pagaza, Sesúmaga, Patricio Arabolaza, Pichichi, Acedo, Belauste, Sabino, Moncho Gil e Izaguirre como segundo portero. En aquellos campos y jugando la semifinal contra Italia el vasco Belauste voceó la frase más popular y contundente de la prehistoria del fútbol nacional. “A mí la pelota Sabino –le chillo a su compañero- que me los arrillo”. Entró con el balón y dos defensas italianos colgados del pescuezo en la portería enemiga llevándose por delante lo que encontró al paso.
Pero si bien una notable parte de los dieciocho jugadores que conformaban aquella primera selección nacional medalla de plata en la cita olímpica de 1920 era vascos, la presencia del jugador gallego no podía ser ni excepcional ni sorprendente porque la costa del sur de nuestra comunidad fue uno de los primeros territorios de la península en que se jugó al fútbol. El fútbol llegó a España por mar y si bien las crónicas oficiales conceden a la Real Balompédica Linense, equipo titular de la Línea de la Concepción en Cádiz, el honor de ser el primer club de la histórica del balompié patrio, existen otros testimonios incluso escritos que adjudican a Vilagarcía la honra de poner los terrenos donde se jugó el primer encuentro futbolístico de nuestra historia, una pasión que dura ya más de cien años. Los jugadores eran en principio tripulantes de buques británicos fondeados en nuestras dársenas que bajan a tierra y utilizaban los terrenos portuarios para jugar a la pelota, y más tarde, jóvenes locales que, atraídos por aquella curiosa práctica, vencieron el pudor de quedarse en calzoncillos en público y comenzaron a participar en aquella actividad tan reconfortante.
En Vigo el fenómeno se produjo de idéntico modo y desde los barcos británicos fondeados en el puerto descendieron tripulaciones con una pelota bajo el brazo que trazaron y midieron un campo cercano al mar, se despojaron de la ropa y comenzaron a jugar. Aquella práctica pronto prendió y en 1907, despuntando un nuevo siglo que llegaba colmado de argumentos intrigantes y sugestivos, la ciudad contaba con dos equipo de fútbol muy potentes que consolidaron lo que andando el tiempo sería el espectáculo de masas por excelencia y el más vivo exponente de la pasión y el sentimiento a la vera de unos colores y unos ídolos en paños menores. En 1907, vestidos de blanco de pies a cabeza y de azul y blanco por este orden, el Fortuna y el Vigo Fútbol Club eran los dos grandes conjuntos de la ciudad. Sus integrantes todavía no habían consolidado el orgullo de osar al descubierto y solían hacerse las fotos en los estudios profesionales, equipados pero bajo techo. Pronto llegaría el tiempo de hacerlo.
Luis Otero comenzó a jugar al fútbol cuando aquel ejercicio apenas tenías seguidores. Nacido en Pontevedra en 1893, se inició con apenas quince años jugando en el Sporting de su ciudad club al que se incorporó en 1909 como paso previo a su incorporación al fútbol vigués que era el que dictaba la actualidad en el sur de Galicia. Cuando Luis llegó a Vigo en 1911 donde unos familiares suyos tenían una tienda de alimentación y lo hizo para unirse al Vigo Sporting F.C. rival irreconciliable del Fortuna a los que sólo el tacto, la prudencia y el trabajo ímprobo de un periodista de raza comprometido con la ciudad e inasequible al desaliento como Manolo de Castro fue capaz de reconciliar. El cronista deportivo de “Faro de Vigo” que firmaba sus trabajos como “Hándicap”, no paró hasta hacer de ambos conjuntos uno solo. De esa fusión oficiada en los días finales de 1922 surgió el Real Club Celta de Vigo con la cruz del Apóstol Santiago en el pecho. El 14 de septiembre de 1923 el Celta jugó su primer encuentro y lo hizo enfrentando dos formaciones de su misma plantilla. Clemente capitaneaba una de ellas y Luis Otero la de enfrente.
La ruptura y su marcha al Deportivo
En 1924 y tras una bronca monumental con la directiva del recién nacido equipo, cuatro jugadores celestes, Chiarroni, Isidro, González y el propio Luis Otero –flamante internacional y olímpico con el Celta- abandonaron el club y se marcharon para jugar en el Deportivo de A Coruña lo que produjo en Vigo un escándalo sin precedentes y convirtió esta marcha en el más claro punto de referencia para entender la feroz revalidad que, desde aquella fecha, ha marcado la trayectoria de ambos clubes. La escandalera fue tan agresiva que el comercio familiar fue apedreado por hinchas célticos descontentos de su comportamiento.
Los cuatro vigueses fueron acusados de profesionalismo, la directiva céltica elevó sus protestas a la Federación Española de Fútbol y los cuatro futbolistas huidos fueron castigados sin misericordia y permanecieron casi un año sin jugar inhabilitados hasta el mes de mayo de aquel año de 1924 en que el máximo organismo federativo los declaró hábiles para jugar y les permitió hacerlo en el Deportivo, equipo al que Otero perteneció hasta 1930, año de su retirada. Con el Vigo Sporting y desde 1914, el defensa había conquistado cuatro campeonatos de Galicia, en 1914, 1919, 1920 y 1923, y había sido dos veces internacional integrando la Roja de los tiempos heroicos, y volvería a ganar dos veces el Campeonato Regional vistiendo la elástica blanquiazul del Deportivo. Aún le dio tiempo a jugar los dos primeros campeonatos de Liga en los que el Deportivo debutó jugando en la Segunda División nacional. Luego se retiró, recibió la medalla de oro al Mérito Deportivo que le concedió la Federación Española y con los dineritos que ganó en su vida como profesional montó un bar que se convirtió en uno de los más populares establecimientos de la calle de Los Olmos. Falleció en A Coruña en 1955 y cuatro años más tarde, en 1959, su ciudad natal instituía un popular trofeo veraniego que lleva su nombre y que aún se juega en la actualidad.
Vigo no guarda gran cosa de la memoria de su primer internacional al contrario de A Coruña.







