DE LA NADA AL TODO
UNA CIUDAD NUEVA A LA IZQUIERDA DE GARCÍA BARBÓN
A principios de la década de los setenta, una extensión de terreno, apenas poblada y compuesta, en su práctica totalidad, por desmontes, territorios abruptos habitados por una población marginal malamente asentada, comenzó a resurgir por arte de magia.
Vigo se ha caracterizado por poseer ámbitos de clara estirpe rural asentados en superficies rodeadas de arquitectura como si esas bolsas que brotaban y siguen brotando aún, aunque en menor cantidad y extensión de entre las entrañas del asfalto, fueran paréntesis sobre los que el tiempo no trascurre sumergidos en la vorágine de una urbe crecedera y ambiciosa que supera hoy los trescientos mil habitantes.
En la margen izquierda de la gran artería que recorre Vigo, de Este a Oeste, hay un ciento de hermosas viviendas de reciente factura, pero antes de los setenta no había nada. Es éste el eje por excelencia de la ciudad, el trazado que lo recorre desde A Guía hasta la plaza de As Travesas, la avenida recibe varios nombres desde su nacimiento.Desandando lo andado, se llama López Mora a partir de allí, después Pi i Margall, y más tarde adquiere, en la pila de bautismo, los nombres de egregios personajes en la vida y obra de la ciudad en crecimiento, como la que se rinde en homenaje, primero al diputado Pepe Elduayen que la hizo grande, después al rey Alfonso XII que la visitó cuando monarca y poco antes de contraer segundo matrimonio con la reina Cristina de Habsburgo, y recordará los dos grandes próceres que dedicaron vida y fortuna a dotarla y hacerle un sitio entre las grandes urbes españolas. Policarpo Sanz era pontevedrés de nacimiento, pero tan identificado con su amado Vigo como Nueva York donde residía ciertas temporadas del año, en su condición de hombre culto, refinado, de mundo y millonario.
José García Barbón era un tipo completamente opuesto, un perfil diferente al del refinado mecenas que adoraba el arte, la alta sociedad y la buena y exquisita mesa. Barbón, ourensano y emigrante, hizo fortuna en las Américas y convertido en indiano poderoso, tras apilar una gran fortuna partiendo de la nada más absoluta, decidió donar parte de sus bienes a la ciudad de adopción donde fue feliz, respetado, querido y reverenciado. En la margen izquierda de García Carbón, al final de la calle dedicada al Marqués de Valladares y en una amplísima a infecunda porción de territorio vigués que entonces eran más o menos y por así decirlo, territorio comanche, brotaba, a partir de aquel comienzo de década prodigiosa, una ciudad nueva y floreciente que treinta años más tarde se convertía en uno de los lugares privilegiados de la gran urbe atlántica. Todo lo que hoy se ha convertido en un emporio de negocios capaces de aguantar la crisis y sobrevivir, dignamente, en un ámbito de poder y gran desarrollo, nació de un campo yermo, llenó de terraplenes, pródigo en badenes, truculento y sombrío en el que se apilaban talleres, cercados de chatarra, algún garaje y poco más. La calle dedicada al pintor vigués decimonónico Serafín Avendaño marcó la pauta y decidió los límites que deberían ser urbanizados a marchas forzadas. A la espalda estaba el final de Marqués de Valladares y la desembocadura de la calle de Pontevedra capaz de separar el edificio de la Caja de Ahorros Municipal de Vigo hoy Caixanova y la Escuela de Artes y Oficios que pagó de su bolsillo el mismo García Carbón con el único objetivo de otorgar formación a los chavales que pertenecían a familias menesterosas, punto no negociable de la herencia del prócer que ha determinado su existencia a partir de su puesta en funcionamiento. Al final de aquel descampado estaba precisamente la nueva arteria de Serafín Avendaño como frontera, y la fachada de la fábrica de conservas de Antonio Alonso con un gran casetón de A Barxa frente por frente, una construcción que perduró allí mucho tiempo y que no desapareció de la circulación comida por el progreso hasta bien entrada la década posterior.
A LA ESPERA DE LA CULMINACIÓN
Hoy, para que el barrio que ha dejado de ser un descampado en el que no existía más reclamo que un emblemático restaurante regentado por una pareja de portugués, ponga el broche final sólo resta abrir el tramo pendiente de Rosalía de Castro, el que debería unir el tramo ya urbanizado de la avenida dedicada a la gran musa del romanticismo tardío y poetisa galaica por excelencia con el último tramo de García Barbón más o menos a la altura del nudo que, en homenaje al marino e ingeniero Isaac Peral delimita el último tramo de García Barbón. Aquel restaurante bordaba los pescados y en él convivía todas las tardes y noches una parroquia entregada en la que se mezclaban progres con gente pudiente. A diciembre de 2009 la zona es uno de los rincones más evolucionados y florecientes de Vigo donde todo se ha revalorizado mil por mil y donde hay docenas de restaurantes para todos los bolsillos en los que se encuentran muchas de las mejores ofertas gastronómicas de la ciudad.
El eje de esta singular barriada de nuevo cuño es, sin duda, y por tanto, la calle Rosalía de Castro en su primer trayecto a la espera de abrir el complemento que lleva diez años de retraso marcado por los hallazgos de restos de presencia romana y graves problemas de financiación, lo que han mantenido las obras dormidas dura te tanto tiempo que del proyecto principal apenas queda nada. El inicio de esta prolongación debería estar anclado en una glorieta que abriría la calle discurriendo por los terrenos pertenecientes a la antigua factoría conservera y que partiría Serafín Avendaño en dos. Un primer tramo desde García Barbón a Rosalía de Castro y un segundo de allí al Areal donde la calle finaliza. Es la guinda que coronaría el pastel. La que cerraría el ciclo.
MARÍA ROSALÍA PITA, HEROINA POP
La imagen excesivamente melancólica de Rosalía de Castro se ha rejuvenecido. Reivindicada en los últimos años por Carla Bruni o por Alejandro Amenábar, saludada por psiquiatras y pensadores, su legado no sólo se circunscribe al mundo literario, se ha transmutado en un icono universal de la dignidad de los pueblos oprimidos, de la visualización de los desheredados, del surgimiento del feminismo moderno y de la validez del cristianismo puro.
La española ‘Rockdelux’ es una de las mejores revistas de música popular que se editan en Europa. Coherente, sólida y bien escrita, bebe de los clásicos del pop-rock para analizar el alicaído panorama actual. Atenta a las incorporaciones deslumbrantes más sensibles, celebró en 2002 la aparición del primer disco de una modelo italiana, desconocida para el gran público, que vivía en París enamorada del hijo de su anterior amante. Carla Bruni era una novedad aplastante. Acababa de publicar una obra redonda, con una voz susurrada, cadenciosa, la banda sonora ideal para las piscinas particulares en el estío. Culta, valiente y desinhibida, adscrita a la izquierda en muchos temas, Bruni deslizó en la entrevista que le realizó ‘Rockdelux’ dos nombres claves para ella en aquel momento, y ambos eran gallegos. Por un lado, Manu Chao, su convecino en París, al que admira por su coherencia y su visión rebelde del planeta y de la industria cultural; y, por el otro, Rosalía de Castro, una heroína pura, un modelo ineludible para la mujer contemporánea, un ser vivo extremadamente sensible, arrebatadamente dolida ante las desigualdades del mundo y ante los abismos del espíritu.
María Rosalía Rita, como fue bautizada Rosalía de Castro (Santiago, 1837-Padrón, 1885), ha rejuvenecido, y le hacía falta. Se le ha aplicado un barniz pop a su rostro melancólico de más de 100 años de vida que le ha sentado muy bien, obra subversiva de Rei Zentolo (Pontevedra, 2006), simplemente mimetizando a la famosa Marilyn Monroe de Andy Warhol. Se despojó así de su acartonada imagen que propagó el Banco de España en los últimos billetes azules de 500 pesetas emparentándola con los insípidos Juan Carlos I y Pemán (el escritor filofranquista, no el metereólogo). Hasta Hollywood le ofreció hace apenas cinco años su instante de gloria planetaria al otorgársele el Oscar a ‘Mar adentro’, el filme de Alejandro Amenábar que recreaba la vida torturada de Ramón Sampedro, personaje indomable de espíritu rosaliano, y en cuya banda sonora estaba incluida el ‘alalá’ mayúsculo ‘Negra sombra’ que en su día presentó en el Gran Teatro de La Habana, en 1892, el compositor lucense Montes Capón, y cuyas notas esparce al aire cargado de sal de Vigo el carillón de la antigua Caja de Ahorros, todos los días a las diez de la noche. ‘Negra sombra’ es uno de los poemas angulares de la lírica inmortal de Rosalía de Castro, merecedor de ocupar un hueco generoso en los canon de la literatura universal como paradigma de nuestra era de melancolía y de angustia, y convertido por Luz Casal en el ‘blues’ espiritual del pueblo gallego. Los psiquiatras consideran ‘Negra sombra’ la mejor expresión lírica realizada sobre la gran enfermedad social contemporánea: la depresión. Los literatos, por su parte, la significan como uno de los más bellos poemas de amor ‘noire’ jamás escrito.
Rosalía sufrió prácticamente durante sus 48 años de vida hasta que un tumor maligno acabó con ella. Hija de madre soltera, señalada con el dedo por una sociedad arcaica, marginada por los círculos literarios machistas, tuvo que hacer frente a las dramáticas muertes de dos de sus hijos y de su propia madre, a la que había idealizado. Enterrada en Iria, su tumba padeció el abandono y la ignominia ya en sus primeras semanas, pero su excelsa obra la sobrevivió y la ha convertido en uno de los iconos universales del feminismo contemporáneo, voz de la denuncia del aislamiento que sufren los pueblos oprimidos, bandera de la visualización de los desheredados sociales, estandarte de los que expresan o padecen el dolor de la vida. Tiras de piel de la radical pensadora nacional gallega, apegada al cristianismo puro, a la iglesia de los disidentes y de los desamparados, lejos del oropel.







