PORMENORES HISTÓRICOS DEL BICENTENARIO
El título le fue concedido por Fernando VII en su calidad de “rey en absentia”. En realidad se hallaba prisionero de Napoleón y el título de “Noble y Leal”, le fue concedido a Vigo por las Cortes de Cádiz. Cuando el rey Fernando VII concedió a Vigo la carta de ciudadanía, las atribuciones del taimado monarca no habían sido aún determinadas porque el aspirante a la Corona española dirimía con Napoleón la posibilidad de suceder a su padre Carlos V en el trono.
En marzo de 1810 el país estaba en guerra con los franceses, la soberanía popular se había depositado en las Cortes itinerantes, reunidas por aquellas fechas en la ciudad de Cádiz, y Fernando mantenía una situación extraña, huésped del Emperador en la localidad de Valencia, habitando un palacio que compartía con su hermano Carlos María Isidro y su tío Antonio, un buen hombre flaco y estirado que se empeñó en aprender a bailar para matar el tiempo en aquella vivienda en la que eran en realidad prisioneros del Corso y en la que se discutía el futuro español con la misma ligereza que si se disputara una partida de cartas.
Fernando era tan voluble, cambiante, irrespetuoso y traicionero que las negociaciones a tres bandas entre Napoleón, el rey padre, que era Carlos IV y su hijo y aspirante a sucederle que era Fernando VII se eternizaron y permitieron que Bonaparte se hartara de ambos y nombrara soberano de España a su hermano José. En realidad, el Real Decreto que concede a Vigo rango de ciudad con todas las ventajas y atribuciones que esa condición le reportaría es, desde el punto de vista estrictamente administrativo, por lo menos dudoso, y podría no tener validez alguna por el tiempo y la situación en que fue concedido. El decreto fue, sin embargo refrendado por la voluntad popular de las Cortes gaditanas.
Fernando concedió su condición de ciudad como homenaje de gratitud al heroico comportamiento de sus habitantes durante los hechos de armas conocidos por la Reconquista, una gesta llevada a cabo por varios estamentos del pueblo llano, milicianos voluntarios y tropas regulares, cuya sublevación, desde fuera del recinto urbano amurallado en poder de los franceses, dio como consecuencia la liberación de la plaza y la rendición de las tropas imperiales.
Pero si bien se reconoció al ejemplar comportamientos de los vigueses en aquel episodio, no todo era, naturalmente, gentileza y honor por parte de Fernando que ya pensaba en las atribuciones que ostentaría cuando le tocara ceñir la Corona. Por lo tanto, entraron también en juego ciertos condicionantes económicos y sociales que comenzaban a definir un núcleo de población costero y en franco progreso, que se acunaba en una ría de valiosa proyección futura y notables condiciones de habitabilidad y producción industrial y pesquera. Vigo era ya entonces un enclave estratégico de primera magnitud con Portugal al fondo.
UN MONARCA SIN GRAN RECUERDO
Fernando VII -que no tiene en Vigo monumento ni estatua alguna que recuerde su memoria y eso que fue el rey que le concedió el título de “Muy Leal y Valerosa Ciudad”- jugó al despiste también en este caso y su proverbial zorruna se manifiesta también en este hecho. Hay al menos cuatro fechas que se disputan el honor de servir de referencia a la histórica efeméride, y fue el 27 de octubre de 1810 cuando se expidió el documento que hace de Vigo ciudad “Leal y Valerosa”, si bien el nombramiento hubo de ser cursado a distancia por cuanto el monarca, aceptado unánimemente por las Cortes itinerantes y patrióticas de Cádiz, se hallaba por aquellos años fuera de España. Cuando concedió a Vigo la carta de ciudadanía, Fernando VII era rey de España “in absentia” solamente reconocido por los españoles que trataban de echar de su tierra al invasor y cuestionaban el trono de José Bonaparte, de tal suerte que el nombramiento partió de las mencionadas Cortes de Cádiz y se firmó en plena guerra, con el monarca en el exilio.







